El diluviano huracán Georges y sus terrorífica devastación

Con vientos arrasadores y precipitaciones diluvianas, el huracán Georges asoló franjas significativas de la geografía dominicana el 22 de septiembre de 1998, y se mantiene en la memoria histórica de varias generaciones por los padecimientos y carencias que acarreó.

El saldo fue terrorífico: una enorme devastación material y 283 muertes. Por esa causa, el tránsito del ciclón ha sido considerado como uno de los peores desastres naturales ocurridos en la historia de la República Dominicana.

Con vientos de hasta 200 kilómetros por hora, precipitaciones copiosas y tenaces, el fenómeno provocó crecidas y desbordamientos de ríos y represas en las regiones este y sur, afectó provincias y el Distrito Nacional, y causó graves perjuicios a una población estimada entonces en 8.2 millones de habitantes.

El ciclón, ocurrido en el primer gobierno de Leonel Fernández, surgió como una onda tropical el 15 de septiembre de 1998 e hizo un largo recorrido por el Atlántico hasta lanzarse sobre el territorio dominicano. El jueves 17 ya había alcanzado la condición de huracán, el sábado 19 era clasificado como de categoría tres y el domingo 20 azotaba las islas del nordeste del Caribe, desplazándose sobre Antigua.

En su itinerario destructor, el 21 por la tarde alcanzó al sudeste de Puerto Rico, y en la madrugada del 22 entró, indomable, por el Canal de la Mona.

Penetró al territorio nacional a partir de las 6:00 de la mañana. Con un ojo de unos 40 kilómetros de diámetro, el turbión lanzó lluvias intensas, ocasionó fuertes rompientes del mar y luego se desplazó hacia el oeste-noroeste, empezando una larga trayectoria por las provincias dominicanas y dejando huellas de muerte y ruina en las zonas de mayor índice de pobreza, según relatan el ingeniero Antonio Cocco Quezada y el doctor Gregorio Gutiérrez Pérez en el libro “El huracán Georges en la República Dominicana: efectos y lecciones aprendidas”.

La mayor parte de los daños se debió a las enormes presiones ejercidas por el viento sobre las estructuras de las provincias orientales y a las lluvias registradas sobre la Cordillera Central (Azua y San Juan), que hicieron desbordar ríos y varias represas y que además originaron numerosas pérdidas de vidas, gran cantidad de refugiados y destrucción de viviendas, puentes, carreteras, caminos vecinales, sistema eléctrico, redes de agua potable y plantaciones agrícolas.

La tempestad también provocó averías en los sistemas de comunicaciones y de salud y en las instalaciones aeroportuarias, además de derribar miles de árboles, entre otros graves perjuicios, agregaron los autores.

Sus efectos fueron más dramáticos entre los estratos de la población que vivían en condiciones de pobreza (56% de los hogares entonces) y sobre todo en los de pobreza extrema (19% de los hogares). Las muertes ascendieron a 283, de las cuales un 7% correspondió al Distrito Nacional, 11% a la región este, 71% a la región sur y 11% al Cibao central.

Con vientos arrasadores y lluvias diluvianas, el huracán Georges asoló franjas significativas de la geografía dominicana el 22 de septiembre de 1998, y se mantiene en la memoria histórica de varias generaciones por los padecimientos y carencias que acarreó.

El saldo fue terrorífico: una enorme devastación material y 283 muertes. Por esa causa, el tránsito del ciclón ha sido considerado como uno de los peores desastres naturales ocurridos en la historia de la República Dominicana.

Con vientos de hasta 200 kilómetros por hora, precipitaciones copiosas y tenaces, el fenómeno provocó crecidas y desbordamientos de ríos y represas en las regiones este y sur, afectó provincias y el Distrito Nacional, causando graves perjuicios a una población estimada entonces en 8,2 millones de habitantes.

El ciclón, ocurrido en el primer gobierno de Leonel Fernández, surgió como una onda tropical el 15 de septiembre de 1998 e hizo un largo recorrido por el Atlántico hasta lanzarse sobre el territorio dominicano. El jueves 17 ya alcanzaba la condición de huracán, el sábado 19 era clasificado como de categoría tres y el domingo 20 azotaba las islas del nordeste del Caribe, desplazándose sobre Antigua.

En su itinerario destructor, el 21 por la tarde alcanzó al sudeste de Puerto Rico, y en la madrugada del 22 entró, indomable, por el Canal de la Mona.

Penetró al territorio nacional a partir de las 6:00 de la mañana. Con un ojo de unos 40 kilómetros de diámetro, el turbión lanzó lluvias intensas, ocasionó fuertes rompientes del mar y luego se desplazó hacia el oeste-noroeste, empezando una larga trayectoria por las provincias dominicanas y dejando huellas de muerte y ruina en las zonas de mayor índice de pobreza, contaron el ingeniero Antonio Cocco Quezada y el doctor Gregorio Gutiérrez Pérez en el libro “El huracán Georges en la República Dominicana: Efectos y lecciones aprendidas”.

La mayor parte de los daños se debió a las enormes presiones ejercidas por el viento sobre las estructuras de las provincias orientales y a las lluvias registradas sobre la Cordillera Central (Azua y San Juan), que hicieron desbordar ríos y varias represas y que además originaron numerosas pérdidas de vidas, gran cantidad de refugiados y destrucción de viviendas, puentes, carreteras, caminos vecinales, sistema eléctrico, redes de agua potable y plantaciones agrícolas.

La tempestad también provocó averías en los sistemas de comunicaciones y de salud y en las instalaciones aeroportuarias, además de derribar miles de árboles, entre otros graves perjuicios, agregaron los autores.

Sus efectos fueron más dramáticos entre los estratos de la población que vivían en condiciones de pobreza (56% de los hogares entonces) y sobre todo en los de pobreza extrema (19% de los hogares). Las muertes ascendieron a 283, de las cuales un 7% correspondió al Distrito Nacional, 11% a la región este, 71% a la región sur y 11% al Cibao central.

Según la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), el huracán causó daños totales estimados en unos 33, 000 millones de pesos (US$ 2193,4 millones).

Aunque los perjuicios estructurales no fueron tan significativos, en el sector salud la pérdida de equipos y los costos indirectos para la atención de la emergencia en la etapa aguda y posteriormente al desastre fueron estimados en RD$ 235 millones.

Coco Quezada y Gutiérrez Pérez señalan que ante la llegada del huracán los planes de emergencia no fueron activados ni se tomaron medidas preventivas, por lo que se debilitó la posibilidad de que hubiese una reacción pública adecuada.

“Con Georges no funcionó adecuadamente la fase de alerta y un desastre manejable se convirtió en una catástrofe repentina de graves consecuencias”, afirmaron.

“La particularidad más llamativa de las consecuencias del huracán Georges sobre la República Dominicana fue el mal manejo previo al impacto, debido sobre todo al desconocimiento de los planes de emergencia nacionales e institucionales. Esto dio lugar a que esos planes de contingencia no fueran activados, y por ende la población quedó desprotegida. La falta de comunicación y coordinación entre los altos funcionarios de las instituciones del Estado no permitió que se tomaran medidas adecuadas y oportunas a nivel local para reducir los efectos del desastre”, plantearon los autores.

En la etapa de la emergencia y después del desastre, en el sector de la salud, la Secretaría de Estado de Salud Pública, con el apoyo de instituciones nacionales y organismos internacionales, asumió el liderazgo de las acciones para mitigar los daños a la salud y la prevención de las enfermedades y brotes epidémicos, entre otros, señalaron.

Cuando sobrevino la emergencia, la población no disponía de información sobre los refugios, ni se conocían las vías de evacuación. No obstante, para el amparo, se utilizaron las escuelas, colegios, iglesias, edificios públicos, instalaciones deportivas y, en algunos casos, los edificios del sector de la salud.

El gobierno reaccionó y, con el apoyo de la participación ciudadana, el aporte económico y de recursos humanos aportados por la comunidad internacional y el sector privado, articuló una rápida recuperación en los sectores productivos, las comunicaciones, la energía y el turismo.

También se encararon los problemas sociales que representan miles de refugiados emplazados en las escuelas, iglesias, campamentos, instalaciones deportivas y otros refugios transitorios y se emprendió la recuperación de las tierras de cultivo y el aumento de la producción en los rubros de la canasta familiar.

A juicio de Cocco Quezada y de Gutiérrez Pérez además de los grandes daños que causó, el huracán mostró la dura realidad de la pobreza extrema, la falta de coordinación nacional, institucional e interinstitucional y dejó importantes lecciones qué aprender para afrontar con mayor éxito futuras catástrofes.

Las inundaciones causaron averías en el suministro de agua potable, pues afectaron las plantas de tratamiento, estaciones de bombeo, pozos, obras de toma, caminos de acceso, molinos de viento, motores de emergencia, cañerías de distribución y equipos y sistemas e instalaciones eléctricas particulares o de las redes eléctricas de la Corporación Dominicana de Electricidad (CDE).

En Santo Domingo, 11 sistemas de suministro de agua y cinco pozos fueron dañados, lo que agravó la situación y obligó a tomar medidas de emergencia.

Además, las carreteras y caminos vecinales sufrieron daños considerables por derrumbes y socavamientos de las aguas. También fueron destruidos muros de gaviones y alcantarillas.

Se estimó que las carreteras principales fueron dañadas en 230 kilómetros, un 20% del total, y los caminos vecinales, en 2000 kilómetros, un 40% de su longitud total. Esto afectó seriamente las comunicaciones terrestres, y en muchos casos hubo que recurrir a puentes aéreos para llegar en helicópteros a localidades aisladas que necesitaban ayuda de emergencia.

En 112 puentes se registraron daños totales o parciales y de ellos 55 fueron completamente destruidos.

“Además, quedaron destruidas 828 alcantarillas con 16,6 kilómetros, correspondiendo 3,3 kilómetros a cajones de hormigón armado y el resto a tubos de hormigón. Los daños directos se estimaron en RD$1629,9 millones, y en RD$3758,5 millones el costo de reconstrucción, debido a las modificaciones que deben ser introducidas”, dijeron Cocco Quezada y Gutiérrez Pérez.

La Compañía Dominicana de Teléfonos afrontó pérdidas en sus instalaciones, especialmente en sus redes de distribución, y por la caída de antenas, que afectaron el 20% de su capacidad operativa. Los daños directos se cuantificaron en RD$600 millones.

Además, las estaciones de radio y televisión también fueron severamente afectadas. De 77 estaciones de radio en Santo Domingo, solo seis resistieron los vientos huracanados.

También, el sector educativo enfrentó pérdidas estimadas en 850 millones de pesos. Muchas edificaciones sufrieron daños y lo mismo ocurrió con instalaciones deportivas y de recreación, iglesias y centros comunitarios asociados al sector.

El uso de muchos edificios e instalaciones como refugios contribuyó a agravar las condiciones de la infraestructura educativa.

“De los 4806 edificios escolares en todo el país, fueron afectadas 1, 334 escuelas, es decir, el 28%; de ellas 203 quedaron totalmente destruidas, 367 sufrieron daños parciales, 321 perdieron sus techos y 443, o sea un 9,2%, fueron utilizadas como refugios”, escribieron Cocco Quezada y Gutiérrez Pérez.

El sector agropecuario fue arrasado y se calculó que en los cultivos para el consumo interno hubo pérdidas por unos 3, 000 millones de pesos.

El Distrito Nacional y las provincias La Altagracia, San Pedro de Macorís y Sánchez Ramírez fueron severamente afectadas.

Las autoridades agrícolas reportaron la pérdida de una gran extensión de terrenos y de cultivos, lo cual alteró el proceso productivo de la nación.

El 90% de la producción de plátanos se arruinó y hubo daños en el 90% de las factorías de arroz, pérdidas en la ganadería y la avicultura y en la producción de huevos, cítricos y de rubros de la canasta familiar.

En cuanto a los cultivos dedicados a la industria y a la exportación, solo prácticamente el tabaco no fue afectado debido a la localización de las plantaciones.

El huracán Georges castigó severamente el medio ambiente dominicano y redujo la capacidad productiva de los suelos, “ya que las intensas lluvias y desbordamiento de los ríos arrastraron los materiales y barrieron con la capa vegetal de áreas extensas a lo largo de sus márgenes eliminando la posibilidad de volver a utilizarlas como forma productiva”, afirmaron Cocco Quezada y Gutiérrez Pérez.

El ambiente y la ecología sufrieron graves daños por la destrucción de millares de palmeras y otros árboles en la zona azotada por el huracán, que abarcó el Distrito Nacional, las provincias orientales, las cuencas de los ríos, así como bosques y parques nacionales. Fueron afectadas 19 áreas protegidas, entre parques y reservas científicas, unos 6779,59 kilómetros cuadrados equivalentes al 13,9% del territorio dominicano.

Respecto al sector turístico, los mayores daños se produjeron en el polo de la región oriental, debido al efecto del viento sobre las estructuras y las instalaciones y vegetación de playas, paisajes y jardines.

“De las 13.307 habitaciones de hotelería existentes al momento del desastre, resultaron afectadas en mayor o menor grado unas 5994 (45%). El mayor número de habitaciones dañadas se registró en la provincia de La Altagracia, en el Distrito Nacional y en las playas de Juan Dolio y Boca Chica. Los perjuicios directos e indirectos alcanzaron a 2235 millones de pesos. Las compañías aseguradoras informaron que el pago de las reclamaciones provenientes del sector turístico del Este representaba un monto de RD$12.785 millones”, afirmaron Cocco Quezada y Gutiérrez Pérez.

Cocco Quezada y Gutiérrez Pérez testimoniaron que una modalidad bastante exitosa adoptada por el gobierno para que los refugiados no manipularan alimentos consistió en utilizar los “Comedores económicos”, que suministraban raciones de comida.

“Se diseñaron y confeccionaron manuales y folletos, dirigidos tanto al público en general como a los que manipulaban los alimentos. También se difundió orientación sobre el tema en los mensajes para spots televisivos y radiales”, agregaron.

Una vez se difundió globalmente la destrucción causada por el huracán, le correspondió al Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), apoyado en la experiencia de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) sobre el manejo de desastres, organizar reuniones para coordinar la obtención y recepción de ayuda internacional.

Las donaciones recibidas por el país, a través del PNUD en insumos y otros recursos, totalizaron 656.500 dólares.

“Entonces, la OPS trabajó en la coordinación de acciones y en la preparación del “Joint Appeal” para pedir recursos y asistencia a distintos donantes, para la fase inmediata de la emergencia en el sector de la salud. El monto de esta ayuda alcanzó la suma de US$ 1,091 000 para enero de 1999. Colaboraron también en la coordinación de los equipos donados por Global Links y en el transporte de medicamentos donados por Brasil”, afirmaron los investigadores.

Ayudaron al país los Estados Unidos, que aportó más de un tercio del total de las donaciones, seguido por Francia (7%), España (5%), Puerto Rico, El Salvador y otros países. Un 48% de los aportes consistió en alimentos y bebidas y en segundo término (23%), en medicamentos.

En cuanto tuvieron conocimiento de los daños preliminares registrados en República Dominicana, enviaron donaciones Estados Unidos de América, Francia, España, Cuba, México, Brasil, la Soberana Orden de Malta, Chile, Canadá, El Salvador, Costa Rica, Japón, China, Puerto Rico, Martinica, Argentina, Venezuela, Aruba, Panamá, Colombia, Noruega, Luxemburgo e Inglaterra.

Los gobiernos extranjeros aportaron personal de socorro, equipos, alimentos, medicamentos y ropa. Los principales organismos e instituciones internacionales cooperantes fueron la OPS, el PNUD, el Banco Interamericano de Desarrollo, la Organización de los Estados Americanos, la Unión Europea, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) y el Programa Mundial de Alimentos, además de los consulados dominicanos en Nueva York, Puerto Rico y Aruba y la Fundación Sammy Sosa.

El sector de la salud recibió asistencia económica de la Unión Europea, que donó RD$12 millones para reparar instalaciones.


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